6/1/10

"UN CONJURO DESAFORTUNADO", DE CONCHI REGUEIRO

Mª Concepción Regueiro Digón (España, Lugo, 1968). También publica como Conchi Regueiro.


© Un conjuro desafortunado, 2005. Relato publicado con permiso de la autora.
Este cuento forma parte del libro La estirpe de Tordón. Mataró (Barcelona), Asociación Cultural Mundo Imaginario, 2005 (Libro Andrómeda, 11). Se trata de un relato en que se aborda lo fantástico con mucho humor e ironía.
(Podéis encontrar más información sobre esta autora en Conchi Regueiro)




Cinco años de carrera con una media de siete treinta y cinco y la décima en unas oposiciones de más de mil quinientos aspirantes; propietaria de un apartamento de dos habitaciones, terraza y plaza de garaje en uno de los mejores edificios del centro de la ciudad y acuarelista hábil, la más avanzada de la clase de Dibujo y Pintura. Al final, todos estos logros van a ser tomados a chirigota si resulta ser cierto lo que masculla ese viejo loco y termina descubriéndose mi pequeño secreto. Estoy segura, será humillante. La hilaridad de la confesión podrá incluso con nuestra dramática situación actual. Maldita la hora en que acepté venir a la boda de mi prima, maldita la moda de las celebraciones en casonas señoriales en medio de ninguna parte por aquello tan cursi del encanto y maldita esa parte de realidad que tiene toda leyenda.

Yo no quería venir. Hacía años que no veía a mi prima Laura y, por si fuera poco, es de las que peor me caen de mi extensa familia. Mis sábados están sobradamente ocupados con las faenas domésticas pendientes de la semana y el visionado de películas de estreno en el complejo cinematográfico de mi calle tras un paseo salutífero, pero el arma del chantaje emocional tan diestramente manejada por mi madre volvió a dar en el blanco, así que acabé metiendo en la maleta el traje de chaqueta gris marengo destinado a este tipo de celebraciones y acercándome hasta el pueblo en prevención de ese incremento de la fama de solitaria gruñona que, según mi progenitora, ya arrastro por aquí. Tal y como imaginaba, el panorama que ante mí quedó abierto ayer viernes por la noche respondía a mis peores pesadillas. La fiesta de despedida de soltera fue un compendio de palabrería banal sobre estados civiles y profesionales y aburridas aventuras románticas de toda esa numerosa descendencia con que los hermanos y hermanas de mi padre han decidido castigar al mundo, acompañada por la ingesta de unos licores que a duras penas podían disimular su origen en el más infame garrafón. Por ello, hoy me he levantado con el estómago abrasado por todas esas sustancias corrosivas bebidas como si fuesen cubatas y un dolor de cabeza añadido ante la promesa de las innumerables curvas previas al lugar la celebración, algo que apenas alivió el hecho de acercarme en el coche de papá y así poder hacer todo el trayecto durmiendo en el asiento de atrás. Ahora se da el problema añadido de que desconozco el camino de vuelta al pueblo, con todos los inconvenientes anexos para cualquier intento de huída.

Tanta jactancia de los dueños sobre el lujo de las instalaciones pero no dejan de pertenecer a ese colectivo demasiado amplio de quienes sólo mantienen reluciente lo visible y esconden la basura debajo de la alfombra. Este sótano es lo más parecido a una pocilga, y el medio centenar de personas en él escondidas debemos esquivar el montón de trastos viejos y demás desperdicios que aquí se pudren, añadiendo a la peste de nuestro sudor por el pánico y la aglomeración el olor asqueroso de los materiales en proceso de descomposición. Supongo que muchos de nosotros, de costumbres higiénicas más estrictas, acabaremos dudando entre la amenaza mortal pero inmediata dejada arriba y este escondite, momentáneamente seguro pero, al cabo, una muerte lenta si atendemos al aire viciado que bloquea los pulmones y que a mí me está provocando unas ganas crecientes de vomitar el cóctel de mariscos que aún me dio tiempo a comer. Menos es nada, disponemos de un pequeño lavabo con inodoro y aún con agua corriente pero a este ritmo, terminará embozado de un momento a otro. Nadie habla nunca de la flojera de esfínteres producida por situaciones extremas, pero no estaría de más que cualquiera de los que saludan los sucesos de este tipo como algo excitante se pasase por ese pequeño habitáculo tras su continuado uso por parte de los aterrorizados invitados supervivientes. A ver qué opinaba después, cuando se le subiese el estómago a la altura de las muelas por el hedor acumulado que golpea como un puñetazo con sólo acercarse a la puerta.

Laura no para de llorar. Ha sollozado en todos los tonos y volúmenes posibles. Siempre fue una histérica y hoy no podía dejar de demostrarlo, claro. Que no se queje que, dadas las circunstancias, no le ha ido tan mal. Tiene a su flamante maridito intentando consolarla, y a todos los miembros de la familia preocupados a su alrededor, como si fuese la única afectada de toda esta locura y, bien mirado, a ella es a la primera a quien deberíamos pedirle explicaciones. A ver a qué vino esa idea de celebrar la ceremonia en la antigua capilla con el coro entonando esos extraños cánticos que ella encontró en el archivo histórico, cuando de toda la vida las bodas familiares se han celebrado en la Colegiata, al ritmo de la marcha nupcial tocada al órgano por don Braulio. Siempre fue muy dada a hacer las cosas de la forma más retorcida posible, y, por otra parte, le encanta presumir de esa plaza de documentalista conseguida única y exclusivamente gracias a las recomendaciones de su suegro. Nunca desaprovecha la ocasión de pasarle por las narices a todo el mundo sus nuevos conocimientos, en consecuencia, y hoy volvió a quedar demostrado. El caso es que cuando sonaron aquellos primeros acordes tan extraños, don Néstor, tío-abuelo del novio y viejo cronista local, cayó inconsciente como si acabase de recibir un gran susto, aunque ninguno de nosotros lo interpretó así. Bastante teníamos con arrebujarnos como podíamos en nuestros trajes de fiesta para evitar el frío glaciar que nos calaba hasta los huesos y la socorrida explicación de abusos de licores con los que se agasajaba a los invitados en las respectivas casas fue aceptada sin problemas por todo el mundo hasta el intermedio entre el primero y segundo plato, cuando empezamos a oír los ruidos. Entonces él despertó del duermevela inquieto en que había sido abandonado en uno de los sillones del hall y entró gritando lo de la invocación. Hay qué ver lo pronto que una puede sustituir el calificativo de “viejo loco” por el de “experto” y pasar de las risas crueles a la escucha reverencial. Las circunstancias han terminado convirtiéndose en las grandes autenticadoras y esa historia repetida una y otra vez es asumida por todo el mundo sin dudar cuando hace sólo media docena de horas lo hubiéramos llevado de vuelta a su casa para dormir la mona a la primera frase. A nadie le gusta amargarse la fiesta con las obsesiones truculentas de un borracho y la retahíla de amenazas terribles hubiera quedado fatal en medio de las cinco clases de marisco y el pastel de bodas. Si bien es cierto que yo sería de las primeras en proponer su expulsión en circunstancias normales, también es cierto que ahora soy de sus principales oyentes, por la cuenta que me trae. De momento, se ha cumplido todo lo dicho, para disgusto de los guardias de seguridad que al principio intentaron solucionar el problema con sus armas reglamentarias y sus llamadas histéricas a la central, consiguiendo únicamente la aceleración de la destrucción del Salón Azul donde ya nos apretujábamos todos contra las paredes, intentando formar parte de la espantosa pintura color cielo que al menos las llamas han tenido a bien eliminar. Eso sin contar el detalle funesto de que probablemente ahora esa primera línea de defensa está bajo el montón de escombros que nosotros sólo podemos presentir. Don Néstor, mientras, rogaba a voz en grito cumplir con los distintos pasos del conjuro. También tenía razón cuando se negaba entre sollozos a que subiese uno de los dueños a la superficie para pedir auxilio desde su móvil, una vez demostrada la total falta de cobertura en este agujero y la segura tardanza de la ayuda por la lejanía con el pueblo. El eco del grito desgarrador no hace presagiar nada bueno. De nuevo don Néstor volvió a rogar el respeto de las crípticas cláusulas invisibles aceptadas por todos y todas desde el mismo instante en que nos reunimos en sitio sagrado al compás de los antiguos cánticos de invocación. Es de locos, pero queda demostrada su teoría: una mole de varias toneladas y con el potencial destructivo de cualquier bomba atómica espera el cumplimiento de esa parte del trato con la paciencia del depredador que acecha a su presa. Acabó con todas las edificaciones como si fuesen de papel y en las circunstancias favorables propias de estos lugares apartados en época de fiestas. Seguramente, cualquier posible testigo de los reflejos del fuego habrá pensado en toda la pirotecnia con que cualquier pueblo de los alrededores festeja a su Santo Patrón, mientras nosotros esperamos un auxilio que, bajo esa perspectiva, no llegará hasta mañana como poco.

Si hace unos días me hubieran dicho que tendría que esconderme de un dragón, habría mandado a paseo directamente a quien atacase mi sistema lógico de una forma tan chapucera. Es verdad que había oído esa vieja leyenda recogida en el poema épico del bardo medieval recordando la gesta de una bruja de la zona que consiguió enviar a una especie de limbo a una bestia de gran poder, pero, sinceramente, nunca pasé de interpretarlo como “Alien”: una excelente historia de protagonista inverosímil. Ni el propio trovador le dio la menor importancia, salvo la imprescindible para rellenar una obra de miles de versos. Sólo una docena se refieren al evento y, para eso, de los más flojos. Ahora, sin embargo, desearía que ese poeta hubiera sido más explícito y así sabríamos la manera de enviarlo a ese sitio por segunda vez, sin tener que decantarnos por la sugerencia histérica de don Néstor. El tonelaje del monstruo está haciendo ceder el suelo, sin contar los escupitajos flamígeros que de cuando en cuando lanza contra las ruinas y que están calentando este agujero hasta hacerlo parecer un horno. El par de extintores que el primo Carlos y el tío Andrés blanden no podrán hacer gran cosa si las llamas terminan por llegar hasta aquí, por lo que parece ser hora de adoptar alguna solución desesperada. Lo que más me jode es que años de lucha por la emancipación femenina, sudores varios para la consecución de la igualdad y miles de proclamas por la libertad sexual han acabado convirtiéndose en papel mojado por un conjuro desafortunado que vuelve a dejar al sector femenino como un simple macguffin sin derecho a intervención en la trama, una pobre víctima sin importancia al margen de las decisiones relativas a toda esta hecatombe. A ver, ¿por qué no le hacen frente la variedad de machos de la discoteca de ayer? Como siempre, será una mujer quien de forma discreta y sin alardes salve los muebles, pues está claro que aquí no va a haber la menor oportunidad de lucimiento, una vez me ponga la vista encima esa bestia.

No hay derecho, una simple característica personal un tanto infrecuente para los tiempos que corren me convertirá en el menú de bodas del dragón. Voy a ser una funcionaria a la parrilla y todo porque una combinación de timidez, intensa aplicación académica y laboral e indolencia extrema en las relaciones personales, por no decir misantropía, sin contar los nervios que me entraban con algunas compañeras de facultad, de nuevo presentes en versión ampliada cuando comparto ascensor con la nueva informática del Negociado y a los que nunca he querido ni osado bautizar, han provocado finalmente que mi experiencia con los hombres no haya pasado nunca bajo ninguna circunstancia de la charla educada y/o superficial, siendo el único contacto físico los leves roces sobre las mejillas del par de besos de presentación. La falta de interés ha traído por tanto esta insólita virginidad que ahora va a ser la tabla de salvación de toda esta gente. “La bestia sólo aplacará su furia si recibe a la joven virgen que la comunidad le debe”, maldito don Néstor y su erudición. Todos se han negado al principio a poner en marcha una solución tan salvaje pero ahora, con el tiempo y la atmósfera en contra, investigan con disimulo el pasado sexual de las jóvenes que aquí estamos. No deja de ser curioso que ninguna goce ya de esa condición trasnochada, tiempo atrás bendecida por curia y buenas costumbres en general. Incluso las señaladas como modosas, antaño orgullo de padres que ahora las miran con ira, olvidando absurdamente que sus hijas se pueden salvar gracias a eso. De nada vale el ofrecimiento voluntario de cualquier insensata para acabar con la pesadilla pues, siempre según don Néstor, el maleficio no se rompería e incluso aumentaríamos su cólera. Viendo lo visto, su cólera tiene en estos momentos las dimensiones de la Colegiata y va siendo hora de obedecer al viejo. En definitiva, es a mí a quien le corresponde hacer algo por toda esta gente con quien siempre he intentado poner tierra por medio. Tras una vida de esfuerzos personales, prefiero pensar que el destino no ha hecho cualquiera de sus jugadas maestras y animarme con la idea de mi generosidad extrema con la parentela y el mundo en su conjunto, aunque sea un consuelo más liviano que el papel de fumar.

Mi mano alzada es contemplada con alegría por todos y, tal y como me temía, la identificación de su dueña provoca unas risillas a duras penas disimuladas, con la cohorte de codazos y murmuraciones entre dientes propias de una situación personal de este tipo en la actualidad, por mucho que esta aberración estadística los vaya a salvar a todos. Siempre a merced de la mayoría, es que no hay remedio, y si en esa antigüedad retomada con la contundencia de una fuerza de ocupación se estilaba la chorrada de la mujer pura como el agua de manantial, ahora tienen que hacerse una serie de cosas por decreto, hasta las que afectan a tu propia vida privada. Todo sea por ir en el rebaño que, al final, es en lo que se resume la historia, tanto la que se escribe con mayúsculas como la más modesta en pequeñas minúsculas, aunque lo que más me enerva es la mirada de alivio de mi padre. A saber qué principio machista ha quedado a resguardo en su caso particular sobre el resto de deseos de protección de la descendencia. Por eso sus órdenes de que no salga me suenan tan falsas, a pesar de esas lágrimas violentas nunca vistas en mis veintiocho años de vida, ni siquiera cuando murió la abuela.

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El ascenso a la superficie ha tenido la dificultad añadida del extintor que Carlos se empeñó en que llevara a modo de arma eficaz para la ocasión y que he arrastrado con gran dificultad entre las ruinas. No sé qué puedo hacer con él, la verdad, quizás embadurnar los morros del monstruo con la espuma para apagar sus llamas, como si fuese una simple espita de butano, pero no es una solución en principio apropiada. Lo que menos me interesa en estos momentos es enfadarlo más, aunque se da la circunstancia que para llevar a cabo tal cosa sería necesaria su presencia y, en estos momentos, parezco ser yo la única ocupante de este solar calcinado.

Voy a vivir mis últimos momentos con la frustración que siempre me han provocado las ocurrencias capciosas, sobre todo si son lanzadas por mí, y no sólo la referida a mi soledad en este sitio, sino a la más absurda aún sobre el parecido de la cabeza del dragón con la del chihuahua de mi vecina del segundo, pero es una imagen que no puedo apartar de mi cabeza, incluso a pesar del terror que me paraliza. Pese a su inmenso tamaño, esa cabeza cubierta de escamas triangulares de un verde ajeno a cualquier escala cromática no deja de recordarme los ojos saltones y el morro impertinente de “Canelo”. Al igual que éste, el dragón sigue mis movimientos rígidos pensando seguramente alguna maldad, pero si en el primero dicha maquinación suele pasar por la mejor manera de desgarrar el dobladillo de mis pantalones, en este engendro la cosa estará oscilando entre tragarme de un bocado o asarme levemente primero. Es ridículo que mi última pose pase por apuntarle con el extintor, aunque no se me ocurre qué otra cosa puedo hacer salvo alejarme lentamente de donde se esconden los demás.

Don Néstor ha resultado ser, finalmente, un genio. Esta bestia se considera pagada, y poco le importa ya quien queda bajo las ruinas. Su preocupación actual pasa por observarme desde todas las perspectivas que le permite su enorme cuello. Me debato entre la idea de lanzarle un chorro de espuma a esas fosas nasales apestosas como los huevos podridos o agacharme sin más y esperar a que todo acabe. Mi mente ha decidido finalmente que la situación es demasiado absurda como para tener miedo, mientras que mi amor propio aún sigue envenenado por la reacción final de los invitados restantes, por mucho que la esperase. El momento no da para mucho más, ni siquiera para ese desfile de recuerdos de la propia vida a cámara rápida que dicen sucede en los instantes finales, imagino que atendiendo a criterios fílmicos. No ha habido tantas cosas dignas de un revisionado, la vida metódica nunca ha sido objeto de las grandes producciones cinematográficas, por muy placentera que ésta pueda resultar y de la que, en definitiva, tan satisfecha estoy.

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Creo que mantener cerrados los ojos ha amplificado en mis tímpanos el estruendo de la explosión, pero no me atrevo a abrirlos tras la ducha de esa sustancia pegajosa cuya naturaleza no me atrevo a comprobar. A pesar del pitido uniforme instalado en mis oídos puedo distinguir el sonido de un avión alejándose, sin embargo, los restos de mi temor aún no me dejan llegar a las conclusiones que esos datos me permiten. Al abrirse el telón de mis párpados se ofrece como primera imagen el caza militar perdiéndose en la distancia y en segundo término los restos despedazados de la bestia. Su sangre es de un color cercano al rojo aunque también de una naturaleza extraña. Lo que está claro es que este traje ha quedado arruinado y que no me van a llegar todas las duchas del mundo para quitarme esta sensación de asco pero, no olvidemos lo fundamental, estoy a salvo, contra todo pronóstico.

En definitiva, ninguna de las fuerzas sobrenaturales de la antigüedad, impresionantes e imprevisibles, tiene nada que hacer ante la capacidad de control de las nuevas tecnologías, exactas y eficientes. Ese avión debió despegar de cualquier base cercana nada más le llegaron los primeros datos sobre la situación anómala de aquí y un simple disparo de misil acabó con el peligro sin despeinarse. Todo tan preciso como una operación quirúrgica. Nada es lo que era, ni siquiera las gestas épicas, y mi aspecto ante los primeros invitados que empiezan a salir es más próximo al de cualquier mamarracha y no al de una heroína de novela, sin contar con que aún mantienen el gesto burlón. Creo que tardaré bastante tiempo en volver por el pueblo. También creo que va siendo hora de que le diga algo a esa informática. Al fin y al cabo, me he atrevido a enfrentarme a un dragón, así que no creo que la cosa pueda ser peor.

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