8/11/09

"NOSOTROS AMAMOS LA LUZ", DE MARÍA GUERA Y ARTURO MENGOTTI

(ESTE RELATO FUE PUBLICADO EN LA REVISTA NUEVA DIMENSIÓN, nº extra 5, enero 1971, p. 91-114, publicación de la cual lo hemos transcrito)

© Relato publicado con permiso de Alexandra Mengotti, hija de Atturo Mengotti y nieta de María Guera. La finalidad de esta publicación es únicamente divulgativa.
Podéis encontrar más información sobre este relato y sus autores en.
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En aquel mismo instante mi condena se terminó, había sido redimido.

Percibí la llamada de mis compañeros, un claro tañido de campanas que vibraba en ondas apremiantes, desde la distante estrella.

Una parte de mí casi desfalleció de júbilo, de nostalgia inaplazable, ante la certidumbre del regreso. La otra mitad luchó por resistir y permanecer para siempre entre los seres creados con mi propia vida. Pero era mejor abandonarlos a un libre destino y quedar en su recuerdo como un mito, sin fallos.

Venció la llamada del hogar, y en una vertiginosa caída a través del espacio, que rugió y se estremeció al abrirse durante el instante de un parpadeo, fui a reunirme con ellos.

Cuando soñé con mi vuelta, nunca esperé palabras de bienvenida. Sería un verdadero amanecer en la serenidad y el equilibrio de nuestra hermandad, después de los solitarios años de luchar .conmigo mismo. Abandonado, igual que el sublevado de un navío en el islote solitario, el errante cometa. Sin más alimentos que mis propias emociones, al fin consumidas.

Tuve tiempo de sobra para comprender lo que mis compañeros rechazaban, cuando me condenaron al aislamiento. Nosotros, los hombres, habíamos conseguido ese difícil equilibrio sobre la antigua ambivalencia de
nuestra mente, tal vez a costa de nuestra condición humana. Aún podíamos ceder, y una grieta en nuestra alma bastaría para arrastramos por la fascinante corriente entre los contrarios, en la que, durante milenios de aprendizaje, fuimos campo de batalla. Ahora ya sabía que todo estaba consumado y todas las misiones cumplidas. Las fronteras del Yo fueron cruzadas muy atrás en el tiempo, para poder alzar los cimientos de nuestra unión. Y sin embargo... ¿por qué una nostalgia ancestral me acuciaba siempre a abrir la puerta?

Aguardé en la enorme sala, decorada por la luz. Gavillas de haces tornasolados se desintegraban sin esfuerzo al atravesar los prismas de las columnas. Bloques transparentes que se precipitaban en una catarata silenciosa, desde la remota pirámide que los coronaba y vertía la armonía de miles de matices, que desde un suave escarlata tintineaban, a través de un esmeralda y ámbar, hasta más allá del índigo y violeta y bajaban a posarse en el suelo, alfombrándolo de vívidas estrellas, como luciérnagas que se hubiesen detenido un momento antes de volver a alzar el vuelo, en un tranquilo incendio del aire.

Ya nos era difícil recordar las antiguas vidrieras de las catedrales, destruidas por las guerras. Pero ¿podían ser acaso más maravillosas? Nosotros deseamos amar la luz. Y recogemos la luz errante que se detiene un momento a jugar, retenida en su salto desde las estrellas, para ser enjaulada en el corazón frío del cristal y después de templarlo con sus ardientes rubíes y topacios escapar por las aristas. Sobre el suelo era un mosaico aterciopelado, que cambiaba en inesperados intervalos geométricos de fulgores.

En el centro de la sala, temblaba de impaciencia. Convergieron hacia mí, con apagados pasos, surgiendo de entre los pilares resplandecientes. Me anunció su llegada el murmullo de sus largas capas que, al arrastrarse, espantaban los titilantes colores en tenues revoloteos e iban a posarse sobre ellos.

Volvieron a tenderme las manos, igual que cuando se despidieron al condenarme, y sentí dentro de mí la exaltación de sus pensamientos unidos en un esencial saludo. Otra vez formaba parte de la comunidad, su acogida golpeaba casi mi cerebro, después de tantos años de existencia apartada de los míos. De pronto, me abandonó el cansancio acumulado de soledad y aislamiento. Estaba orgulloso de mi tarea cumplida, pero al mismo tiempo un trasfondo de desasosiego me apartaba de ellos. Por un instante, intuí el conocimiento vago de una verdad que me singularizaba. Temí que percibieran el cambio y volviesen a rechazarme y me resguardé tras una barrera que alzó mi conciencia. Estaba seguro de que esta sensación de extrañeza acabaría por desaparecer.

-Os lo debo todo. Sin vuestra ayuda, no habría sabido llevar a cabo la tarea de creación que me había impuesto. Vosotros colaborasteis en mi sueño.

Percibí sus risas silenciosas.

-El sueño fue obra tuya, dictado por tu voluntad.

-Pero ¿no es verdad que he vuelto a crear la vida? Auténtica vida, no la espectral que destruí.

-Y has vuelto a abrir las puertas de la muerte.

Sus pensamientos se extinguieron, y capté un último clamor disonante de gritos.

Algo informe y oscuro se derrumbó a través de la constante pirámide y al estrellarse contra el suelo, lo salpicó de negrura. Las columnas se apagaron y sacudieron un terror vacío. Un soplo helado, un horrible viento sombrío arrastró en su corriente los rescoldos fragmentados de lo que fue construido con vivientes y centelleantes gemas.

Mis compañeros habían desaparecido. Quise gritar para llamarles, pero el pánico me agarrotaba la garganta. Les invoqué, implorando con voces interiores que les buscaban a tientas. Todo borrado en un instante, tan totalmente como si nunca hubiera existido.

Permanecí no sé cuanto tiempo, transido, atónito, en un intento de rehacer esa nada y comprender.

Y, de repente, la verdad estalló en el interior de mi ser. No era una ilusión o una realidad de pesadilla. La técnica adquirida mientras estuve encerrado en el núcleo del cometa, las enseñanzas de los seres que habitaban en las tormentas del lejano mundo que crucé en mi órbita, se habían transformado en un reflejo condicionado que, a pesar mío, reaccionaba a la menor señal de alarma, aún en contra de mi propia voluntad.

Esta vez no me había trasladado a través del espacio, puesto que seguía en medio de la enorme sala, inmóvil y en pie, tal y como estaba un instante antes, pero debí haber huido rompiendo la barrera del tiempo; ignoraba si en un salto hacia atrás, hacia el pasado, o a un futuro caótico e imposible de calcular.

La resplandeciente nave estaba muerta en su lugar, me envolvía el fantasma de una construcción en polvo y cenizas que se desmoronaban. Debía salir de allí antes de ser sepultado y afrontar la verdad. Podía ser que, al desaparecer el desasosiego que me impulsó a escapar, volviese a funcionar automáticamente el mecanismo de retorno.

Pero ahora era pánico lo que sentía, me paralizaba la intuición de una presencia extrahumana que me estaba vigilando y se burlaba de mis emociones.

Allí acechaba algo invisible o enmascarado tras la apariencia sombría de las cosas, agazapado como una sucia bestia, pero .con una mente inteligente, plena de una carga negativa, impulsada por un odio frío y calculador. Lo sentía flotar en torno mío y penetrar como un miasma en busca de un punto vulnerable de mi cerebro, como si unos órganos táctiles, que no podía percibir, palpasen en su interior de una forma obscena, hurgando para analizar mi sustrato humano, extraer lo animal que aún pudiese yacer en él y seleccionar con atroz deleite los vulnerables posos de sadismo, de placer macabro, de fascinación morbosa , ante el horror. Lo siniestro que había dejado huellas en mi alma, durante milenarias noches de la Tierra.

Lo rechacé con tremendo esfuerzo, estremecido de asco. A ello me ayudó ese resto ambivalente, claroscuro de humanidad, que mis compañeros me reprochaban. Sentí angustia y compasión por ellos, fáciles presas para esa ignota criatura venida de una extraña dimensión de maldad absoluta, ante la que ellos, con sus mentes claras y limpias, estaban inermes.

Venciendo mi repulsión, conteniendo mi primitivo instinto de defensa por paralizamiento, avancé hacia afuera, a enfrentarme con eso, aunque fuese el mismo infierno olvidado.

Mis pies tropezaron con los desintegrados y apagados fragmentos de lo que fueron centelleantes prismas de luz y que ahora, bajo mi peso, terminaban su agonía con un chirrido de vidrio arañado que repercutía en los dientes.

Hasta donde mi vista podía alcanzar, todo yacía destruido, bajo las ráfagas continuas de un viento pesado y pardo que silbaba con estridencia. Nuestro orbe ordenado se había transformado en una inútil inmensidad.

Los vi muy lejos, apiñados, inmóviles, como si hubiesen echado raíces de terror que les ataban al polvo, extraviados de sí mismos. Sus ropas tejidas de metal y sus ígneas capas les hacían visibles en la desolación. Los sentía desamparados, prisioneros de sus propias conciencias que ya era incapaces de asimilar la destrucción y la muerte.

La misma cálida esencia del paisaje se había transformado en materia muerta, como si las moléculas que la constituían hubiesen girado hacia un signo negativo. El suelo semejaba grisáceo polvo de tiza rallada, liso como una hoja de papel preparada para escribir una sentencia.

Y ante mis ojos se fueron dibujando sobre él dos inmensas parábolas, cuyos brazos se abrían hacia el infinito y se cortaban para encerrar en el área central a mis compañeros. Después, con lentitud de pesadilla, comenzó a desenrollarse una espiral, que se iba trazando poco a poco desde un punto imaginario que marcaba el centro del área; de vez en cuando surgían líneas trasversales inesperadas, para cortarla a intervalos irregulares, construyendo un laberinto. Del dibujo se sentía brotar una energía cargada de ponzoña. Intuí que aquellos trazos constituían una máquina emisora de ondas psíquicas y, en alguna forma, ya que yo era inmune, podía enloquecer a mis compañeros, encerrándolos en el odio y la maldad absolutos.

Intenté atravesar la barrera para unir mi mente a las suyas, pero tan sólo percibí un desequilibrado grito de angustia, como la llamada de socorro de un animal caído en la trampa, e incoherentes balbuceos imposibles de comprender. Al mismo tiempo me azotó una sensación de demoníaco triunfo, que surgía aullante del viento oscuro.

Para vencer al peligro me era necesario unirme a ellos y comprender e identificarme con sus vivencias, que me eran ajenas. Lo que para ellos debía ser un martirio insoportable en mí era un desasosiego que me mantenía alerta. Mi deber era salvarles de aquella máquina, que en realidad obraba como un monstruoso pecado, al mostrarles, trazado entre las líneas, el revés de su espíritu. Corrí desesperado a través de la diagonal; el laberinto de sus revueltas no llevaba para mí ninguna carga significativa, no podía atraparme si no creía en él, y lo crucé a saltos, evitando pisar los trazos indelebles. Sentía que tiraban de mí, como una red de fuerza magnética, pero yo podía mantenerla extraña a mi ambiente, sin dejarme capturar por ella.

La espiral se retorcía más y más, hasta abarcar toda la inmensa desolación visible de lo que antes era nuestro mundo. En cambio, las parábolas se iban estrechando y sus vértices apretaban como tenazas el centro del área, a cada momento más angosto, donde mis amigos se cobijaban. De algún modo real, les impedía escapar.

Al fin llegué a su lado, exhausto por la interminable carrera. Vi sus caras contorsionadas por el espanto, casi irreconocibles. Concentré mi voluntad en un acercamiento a sus sensaciones para poder asomarme a las imágenes que se alzaban ante sus ojos y así conseguir liberarles de su alucinación.

Recibí el impacto de un pánico salvaje, bestial. Lo que para mi percepción no era más que un dibujo geométrico, una infinita sucesión de puntos negros, para ellos era la clave de paso a una dimensión mágica. Su imaginación era forzada a ver las líneas como gigantescas oleadas de sangre espumeante, que realmente amenazaban ahogarnos con su continuo avance, rompiendo y saltando unas sobre otras como desencadenadas fieras de un rojo escarlata que extendieran sus garras. Dejaban salpicaduras de cuajarones espesos y parduzcos que manchaban las brillantes vestiduras y enmascaraban los lívidos rostros. Un olor nauseabundo y dulzón, el aroma de la putrefacción, flotaba en densa neblina sobre nuestras cabezas y con su peso nos agobiaba hacia el suelo, a la muerte.

Era una espantosa ilusión que desmoronaba su serenidad y convulsionaba el difícil equilibrio conseguido a costa de desarraigarse de nuestro origen. La fuente de la vida se transformaba en una fuerza destructora para arrastramos con su corriente alucinante a hundimos en una realidad olvidada...

Retenidos entre las murallas de sangre, estaban obligados a cruzar del otro lado de la frontera abolida y reconocer el malo ahogarse en él.

El hedor insoportable y el vaivén vertiginoso acabarían por arrastrarme con ellos. Forcé mi mente a desasirse de las caóticas emociones de mis compañeros, que se aferraban a mi pensamiento para sobrenadar.

Con una desgarradora sacudida de la voluntad, conseguí aislarme del retumbar creciente y rojo de la marejada, de la niebla que el viento empujaba en ráfagas de nudos corredizos en tomo a mi garganta, del sabor viscoso a materia en descomposición que pegaba mi lengua al paladar.

En un instante el muro desapareció, y volví a ver los trazos negros de las parábolas que se abrían y cerraban con un latido automático. Pisé entre ellos, los aplasté con mis pies y conseguí rechazar su carga. Grité entonces a mis compañeros:

-¿No podéis ver que estoy encima, que con mi cuerpo aplasto a la alucinación? ¿Acaso no sois más que animales acorralados? Algo está intentando hacernos sus esclavos o destruirnos para adueñarse de nuestro mundo y convertirlo en un infierno, ¡venid a refugiaros a mi lado!

El impacto de mi pensamiento consiguió taladrar la ceguera y despertar en ellos el antiguo instinto de lucha por la supervivencia. Avanzaron titubeantes, y admiré el sobrehumano valor que necesitaban para lanzarse al torbellino. Con mis manos tendidas como puente los fui rescatando uno a uno, sus miradas confusas se dirigían al suelo. Guiados por mí aún eran capaces de reconocer su engaño.

Las curvas que les habían retenido en su interior desaparecieron al hacerse inútiles.

-Thur -me preguntó uno de ellos- ¿Cómo conseguiste que eso no te venciera?
Gracias a ti nos hemos salvado.

-Yo soy más humano que vosotros, aún no he podido alcanzar esa perfección que os hace tan vulnerables, y por eso todavía puedo comprender el mal.

-Pero es seguro que se renovará el ataque, y entonces puedes fallar igual que nosotros.

-Con el destierro, me sometisteis a un aprendizaje que ahora nos sirve a todos de ayuda -les tranquilicé, aunque no me sentía muy seguro.

La espiral estaba desenroscándose sobre el suelo grisáceo, su punto final llegó a hundirse en el horizonte y, al retroceder hacia el fondo, se abrió en un enorme círculo central, sobre el que me mantuve firme, alerta para lo que viniese después. El vendaval oscuro cesó, sustituido por un silencio sobrecogedor cargado de amenazas desconocidas, al acecho. Les ordené:

-¡Huid antes de que sea demasiado tarde! Atravesad las líneas, recordad siempre que no son más que trazos.
-Son más que eso y tú lo sabes, Thur -murmuró un sobrecogido pensamiento común- Son una máquina receptora del Mal.

-Acordaos entonces de vosotros mismos, tratad de mantener la unidad del alma. Aislaos dentro de ella, únicamente se puede valer de percepciones conocidas para crear imágenes fantásticas. Ignorad el viento negro, el polvo seco. Recordad la luz ¡Rápido! -repetí- Yo quedo aquí para vigilar. Velaré contra vuestras pesadillas.

Corrieron desparramándose en todas direcciones, y pude seguirles en su huida por el brillo de sus cuerpos y el ondular de sus capas. Me recordaban insectos fosforescentes que se debatieran en una tela de araña.

Vi que se sentían incapaces de atravesar las líneas transversales que cortaban la espiral y chocaban contra ellas, rechazados por invisibles paredes. Sus pensamientos se transformaron en desesperanza y de nuevo brotó el pánico. Estaban obligados a girar, siempre entre sus propios pasos, desorientados. Al fin se detuvieron, atrapados otra vez en el cepo, ante los obstáculos. Tuve la certeza de que habían cedido a la fascinación de su imagen negativa, igual que las alondras que, en otro tiempo, atrapaban los niños con espejos.

Rebusqué en el vasto silencio de mi cerebro. Tenía que ser transformado en la máquina que contrarrestase a esa máquina maligna. Su maqueta había existido siempre en el abismo sin fondo de mi ser auténtico, en los más profundos estratos de mi mente, allá donde se enterraban las mismas de mi humanidad y los contrarios han unidos, abolida su, perpetua pugna.

Estaba en ese lugar en el que el hombre, desde su interior, es capaz de percibir toda Ia realidad y reposa encerrado el universo entero. Esa máquina necesaria para luchar contra la espiral podía ser simbolizada en una gigantesca piedra preciosa, un diamante tallado en tantas facetas como dimensiones distintas vivían mis compañeros en ese mismo instante, para detectar a la vez todos sus tiempos y espacios de extrañeza y reflejarlos en mi conciencia.

Una ciudad de tortuosas callejuelas, bajo la caliginosa luna que en su estela arrastraba equívocos guiñapos de nubes, semejantes a confusos sueños medio borrosos de sortilegios, cargados de maldad. Y en el mismo centro de la ciudad vi el insoportable resplandor de la tosca estatua, calentada al rojo blanco. El falso dios exigía víctimas, su ávido vientre repleto de leños en ascuas. El hedor insoportable de la carne quemada, que se alzaba en una niebla amarillenta y viscosa hasta la sonrisa monstruosa del ídolo. Los niños eran arrojados por sus propias madres a las garras tendidas, mientras los alaridos se confundían con el bramido rítmico de un tambor, que latía como un gigantesco corazón enloquecido. Los hombres lanzaban risas agudas, las caras pintadas con grotescos chafarrinones que agrandaban aún más sus ojos desorbitados y teñían de bermellón sus mejillas y sus labios; perfumados con mirra y adornados con collares y diademas de nardos. Estridencia de tirsos que agitaban mujeres medio desnudas, embriagadas de latigazos y bebida de dátiles fermentados. Promiscuidad de seres humanos y alimañas, al fondo de los oscuros callejones...

Mandé a mi compañero atravesar la barrera de la ilusión. Yo era ahora él y su mente una faceta de la mía. Su figura resplandeciente cruzó, alzando el aleteo de su capa. Llamó a las puertas de las casas para anunciar la destrucción a los pocos que merecían salvarse. La tierra se estremeció y del cielo cayó un solo rayo, mensajero de muerte. Después un polvo impalpable borró la proyección.

Luchábamos contra la destrucción con la necesaria respuesta de destrucción. Uno ya estaba a salvo.

A la luz fosforescente de las antorchas, las sombras de las brujas se entrelazaban, se arrastraban y saltaban. Gemían las flautas hechas con huesos de muerto y el pandero era la tensa y seca piel de un ahorcado... Hormigueaba la abominación en furtivos movimientos. Presidía la ceremonia desde su trono negro el Señor del Mal, coronado de horror, apestando a macho cabrio. Conseguí que mi amigo destruyese la aparición de las tinieblas con la imagen del sol y el evocado claror del canto de un gallo. Las siluetas huyeron y así pude derribar otro muro.

Alambradas y torres desde las que hombres torvos, empuñando armas, vigilaban a sus hermanos. Un desamparado rebaño humano que había sido obligado a perder ya la última dignidad y se encaminaba desnudo bajo la tormenta de nieve, empujado por las pesadas botas de los verdugos, hacia las cámaras de gas. Y después la ignominia final del pulcro y blanco laboratorio, que esperaba los cuerpos para fundirlos y desintegrarlos en sus componentes químicos aprovechables. Cuerpos que habían encerrado un alma y no podrían resurgir de sus cenizas.

Un torbellino de nieve lavó la visión en su blancura mágica y redimió a mi compañero de su martirio.

Vi, rodeado por la selva de lianas, el Templo de los Guerreros con su Patio de Mil Columnas, erizado de serpientes emplumadas. A su entrada, el terrible dios de la lluvia aguardaba a que en su regazo horadado cayese la ofrenda de los corazones palpitantes de los cautivos. Sacerdotes vestidos de negro, con los cabellos apelmazados por la sangre coagulada, trabajaban sin descanso hasta mellar los cuchillos de obsidiana. La cavidad del pecho rebosaba y el aire era aún sofocante. Muy lejos se amontonaban algodonosas nubes de tormenta, que se negaban a avanzar, exigiendo más víctimas.

Las facetas de mi yo reflejaban, absorbían y destruían una proyección tras otra.

Y había más y más, formas retorcidas y colores enloquecedores, voces de falsos profetas, hipocresía de falsos milagros demoníacos, el verdadero Mal que rebasa los límites de la conciencia normal, que sumerge en éxtasis, como la santidad. El otro lado.

Yo lo captaba y trataba de comprender, sin descanso, hasta que consiguiese rechazar ese horror que intentaba vencemos con armas tomadas de nosotros mismos, a su mundo.

y uno después de otro, mis compañeros liberados se integraban conmigo y se incorporaban a la lucha. Por fin la espiral comenzó a difuminarse, arrastrada por el vendaval, que huyó para transportar a la disfrazada presencia hacia la dimensión de locura, condenación y odio que la había vomitado. Detrás de ella no quedaron rastros, como si nunca hubiese existido.

Ignoraba el tiempo transcurrido en la lucha, podía ser sólo unos instantes. Yo aguardaba otra vez, en pie en medio de la gran nave de cristal, rodeado de mis amigos, ignorantes de su destino y de que me deberían la salvación en un futuro incalculable.

Por un momento me sentí confuso, cogido en falta, desasido del mundo que me rodeaba, como si en mi desplazamiento hubiese sido desenfocada mi fórmula vital y, para restablecer el contacto, tuviese que encajar los datos en ecuaciones que se ordenaban a más velocidad que la luz, fuera del pensamiento que gobernaba el existir de mis compañeros.

Las columnas seguían en pie, eran indestructibles llamaradas de puros colores que abrían pórticos de claridad. Atrás y adelante de ellos el Mal estaba borrado, ni una huella en la virginal magia del aire.

Pero ellos no me permitieron descansar, después de la lucha agotadora.

-Thur. ¿Qué es lo que te impulsa a hacer eso?

-¿De qué podéis acusarme ahora? -balbuceé.

-Es un juego absurdo o una broma de mal gusto. Puedes estar satisfecho de lo que has aprendido, conseguiste hacerte invisible hasta para nuestras mentes.

-Lo hice de una forma totalmente inconsciente y sin propósito de burla. Es algo aprendido, pero que aún no he conseguido controlar.

En mí estaba el miedo. Deseaba con toda mi alma asirme a ellos, no ser rechazado del último grupo de hombres. Cualquier momento de descuido, una emoción sin control, podían arrastrarme fuera de la corriente del tiempo, arrojarme hacia el pasado o el porvenir o contra un mundo inhóspito donde me sumergiría sin su ayuda. O al vacío absoluto, al abismo ascendente de la nada.

-No ha hecho nada reprochable durante su ausencia -interrumpió uno-. Aunque nos sea imposible seguir su rastro, yo sé, y vosotros también lo sabéis, que no ha utilizado su poder para dañarnos. Para nosotros los humanos, por desgracia, siempre ha sido oscura y contradictoria la lectura del destino. Sin embargo intuyo que, en alguna dirección de su huida, nos ha servido de ayuda.

Me eché a reír, con rabia de su orgullosa torpeza.

-Vosotros conserváis tan sólo una pequeña porción de humanidad, que se os escapa constantemente, porque casi os avergonzáis de retenerla, mientras que en mí permanece íntegra. .Y si vais a intentar aislarme porque esa diferencia represente una amenaza para vuestra estabilidad -añadí con ira-, yo me erijo en dueño absoluto de mi destino y escojo la auténtica soledad, el aislamiento entre vosotros,.. Estáis demasiado engreídos en vuestra serenidad e ignoráis cuán vulnerables os hace.

-¿Es una advertencia que debemos agradecerte, Thur?

-Es solamente una despedida.

Les volví las espaldas, rebosante de un inútil enojo, ante sus benévolas sonrisas, que me perdonaban todo de antemano. Pero ¿por qué les reprochaba la frialdad de su agradecimiento por un favor que aún no les había hecho?

Acució mi marcha la vehemente llamada del hogar abandonado y el recuerdo del tranquilo transcurrir del tiempo de antaño. Cuando ya me dirigía hacia él, conjurándole en mi espíritu, capté el último comentario silencioso del grupo:

-Thur nunca dejará de estar vinculado a la Tierra y sentir la nostalgia. Siempre deseará encontrar obstáculos para superarlos.

Me detuve un instante ante la puerta, que dejé sellada con mi pensamiento, al partir, para responder a su destello de acogida. Su sensible mecanismo reconoció mi frecuencia mental y giró suavemente, sin esfuerzo. Franqueé el umbral y al fin sentí que me invadía la paz del hallarme en casa, dentro de mí mismo. Cerré el dispositivo de la entrada, borrando la idea de su existencia de mi imaginación.

Mi primer cuidado fue cubrir con mi capa negra el espejo que me servía para comunicarme con mis compañeros, y a través del cual podían observarme en cualquier momento. Antes había sido un continuo lazo de unión; a través de los espejos permanecíamos siempre juntos, cerrando nuestro círculo.

Después encendí, acariciándolo con la yema de los dedos, el enorme zafiro que derramaba un suave y al mismo tiempo destellante azul, para servirme de lámpara central. Ordené la energía en formas funcionales, que se adaptaran con sus curvas al descanso o con sus superficies planas al apoyo y la labor. Tal vez cediese al capricho de grabar la historia de mis aventuras, para nadie o para mi recuerdo.

Al fin estaba rodeado del ambiente que no sé si me merecía, pero que era semejante a mi espíritu, en el que mi fantasía no era una huida, sino un trabajo de construcción sobre la materia inerte.

Me sentía enormemente fatigado, con un cansancio de arrastrar años de extrañeza y ausencia de intimidad conmigo mismo, en perpetua lucha.

Extinguí con un chasquido de dedos el fulgor azul y, a través del techo de cristal, ordené el paso a los rayos de luz negra, para modelarme con ella un lecho en el que me hundí inmediatamente.

Cerré los ojos, quizá fuera aún capaz de dormir, lo deseaba hasta la desesperación. Era sólo un hombre. Sin compañía. Ni siquiera una bestia amiga a la que acariciar, dar sencillas órdenes y que siguiera mis huellas con fidelidad, un animal de piel suave en la que descansar mis manos fatigadas, descargando a través de su tacto caliente la preocupación.

Los animales quedaron en la Tierra, abandonados a su suerte. Pero quedaba la fantasía con su poder de crear, acaso...

Me despertó el arco iris que la luz rosada del amanecer proyectaba atravesando el techo. Quise negarme a emprender el camino solitario del día y volver al seguro refugio del sueño sin sueños. El roce de algo húmedo y áspero en la palma de mi mano abierta me obligó a incorporarme, sobresaltado y en guardia.

Sí, allí estaba, tendida a mis pies, como si un resorte la hubiese hecho saltar de un cajón secreto de mi imaginación, para sorprenderme mientras dormía. Surgida de mi nuevo conocimiento, que tanto me inquietaba admitir.

Era una bestia hermosa, un felino de pelaje gris, aterciopelado, tachonado en sus puntas por un polvillo centelleante de estrellas. Su tamaño era el de una gigantesca pantera, igual a las que habitaron las junglas de nuestro antiguo mundo cuando no estaba aún abandonado y muerto.

Apoyó la cabeza achatada sobre mi hombro y clavó las enormes esmeraldas vivas de sus pupilas en mis ojos, con una mirada seria y cariñosa, cargada de animal fidelidad. Me dio su aliento en la cara, olía a musgo y especias, a plantas bañadas por el rocío.

Acaricié su cuello musculoso, con un vaivén distraído, mientras mi mente se preocupaba por la forma de que me valdría para ocultarla a mis compañeros. ¿Necesitaría alimentarla? Era un animal de presa y podía suceder que, cuando el hambre la hostigase, intentara salir para atacar o la imperiosa necesidad la volviera contra mí.

Su garganta vibraba, los ojos entornados en dos oblicuas rayas por el placer. Luego me sonrió. Sí, fue una verdadera sonrisa de una voluptuosa calidad femenina, con una súplica de amistad, mostrando sus mortales colmillos, los plateados bigotes erizados.

Me llegó su pregunta, que me dejó atónito por lo inesperada. Yo contaba, por supuesto, con sus sentimientos, que había deseado de una manera egoísta, pero no estaba preparado para recibir un pensamiento animal en mi mente abierta.

-¿Cómo me vas a llamar, amo? Deseo tener un nombre. -La interrogación sonó en mi cerebro como un susurro de hojas secas, tan bajo era el afectuoso ronroneo de sus palabras.

-Creo -recapacité- que te debo llamar sencillamente Pantera. Eres única, y es el auténtico nombre que te mereces. Los demás ya no tienen significado.

-Entonces yo debo llamarte Hombre, porque también es lo mejor que puedo escoger para ti. Sé que te llaman Thur, pero si a ti debo nombrarte según tu verdadero significado, tu nombre será Amo. Y ahora -añadió con un canturreo, mientras estiraba sus poderosos músculos- me gustaría hacer algo ¿Te acuerdas de jugar?

Me agaché para recoger del suelo un fragmento de luz multicolor posado en su caída a través del vidrio del techo, desintegrado en un extraño espectro estelar de fantásticos matices, un juguete que había caminado durante millones de años para que nosotros lo utilizásemos.

Le di la forma de un pájaro, moldeándolo toscamente con mis manos. Pantera comprendió y se colocó en posición de acecho, agachada y con el cuerpo tenso, dispuesta para el salto, mientras golpeaba impaciente el suelo con la cola.

Se lo lancé en un revoloteo chisporroteante, alternativamente visible u oculto, según cruzase zonas de claridad o de penumbra.

Pantera dio un tremendo salto y lo abatió de un certero zarpazo. Cuando se cansó de perseguir al pájaro, lo recogí y lo hice girar y girar entre mis palmas para transformarlo en una esfera, una magnífica pelota que podía perseguir, atrapar o dejar escapar un poco, igual que a una presa viva.

Mientras, me senté a reflexionar. Yo mismo me había encerrado en la casa y había alzado una barrera psíquica para cortar mi comunicación con los otros. Ahora me sentía desolado, agobiado por la soledad y una vez más, atrapado. Aun no había transcurrido siquiera uno de nuestros días en reclusión voluntaria.

La fiera posó con cuidado su pata de terciopelo, las uñas encerradas en sus estuches, sobre mi rodilla y me interrogó, ladeando la cabeza para observarme:

-¿Estás preocupado, Amo? Creo que la preocupación es algo inherente a la raza humana -añadió, después de reflexionar.

Me eché a reír y casi me sobresaltó el sonido de mi propia carcajada. ¡Hacía tanto tiempo que no oía risas! Mi creación sabía incluso decirme frases escogidas.

Pantera me lanzó una mirada astuta, un rápido relámpago verde, y luego fingió seguir jugando con la pelota de luz, medio desgarrada.

-Pero tú no eres humano, quiero decir como los antiguos hombres de la Tierra, .al igual que yo -continuó, no se si para vengarse de mi risa o para consolarme- no soy una auténtica pantera. Soy parte tuya y tan distinta de lo que fue una fiera como tú de los seres las cazaban.

Leí en su pensamiento una vaga desesperanza. Quizá al crearla la había dado, con mis recuerdos, instintos imposibles de satisfacer, ajenos a mí. Ansia de acechar la noche, de perseguir presas huidizas, olfatear el libre viento en busca de rastros.

Sentí un nudo en la garganta, ella era una verdad que me dirigía un reproche.

-Tienes razón, nos estamos engañando con falsos nombres, necesitaremos clasificarnos de alguna nueva forma para ser justos.

-¿Y cuáles otros podrás inventar? Déjalo estar así, Amo. Estos son bastante buenos y, si rebuscásemos, puede que no encontrásemos nada. Mejor es inventar un nuevo juego -me propuso, mientras arrojaba lejos, de un zarpazo, el inútil guiñapo de luz- Si siquiera pudiésemos salir, tú te esconderías y yo me entrenaría a seguirte por tu olor.

-¿Acaso tengo yo un olor?

-Naturalmente, puesto que tienes un cuerpo. Fíjate, es tan intenso en tu ropa, que sería capaz de encontrarte en una noche de niebla.

Se acercó con sus pisadas afelpadas hacia la capa que ocultaba el espejo, para olfatearla, restregándose contra ella con un ronroneo satisfecho. Al rozarla, cayó al suelo. Vi a la fiera endurecerse, rígida, el hocico entreabierto para lanzar un gruñido de advertencia antes de atacar, y la cola azotando los ijares.

-Nos observan. ¿No lo sientes? Ábreme una puerta para que pueda salir -me imploró su sombrío pensamiento felino- y ya no volverán a hacerte ningún daño.

–Son incapaces hasta de idearlo, Pantera. Ni tan siquiera sienten curiosidad. No necesito que me defiendas de ellos.

-Lo comprendo -reflexionó Pantera, y su verde mirada de piedra preciosa transparente se clavó en mis ojos- Todo lo que puedes decir de ellos son negaciones y la negación... ¿no es un mal? Tenemos que huir de aquí, yo quiero escapar contigo, estamos enjaulados.

-Pero... ¿adónde?

-A un lugar en el que crezcan árboles, haya ríos que vadear...

Dejé de oír sus pensamientos. Sentí otra vez el vértigo, el silbido del tiempo, el helado horror de precipitarme en el caos, mientras me derrumbaba a través de eones que tronaban al chocar conmigo.

Abrí mis pulmones oprimidos por la angustia del vacío. Ya había aire que respirar.
Olía a tierra recién regada, y de muy lejos acudió a mi memoria un aroma a café que al hervir se desborda sobre la placa ardiente del fogón. Me atreví a levantar los párpados, que había mantenido fuertemente apretados durante el instante de la caída, en defensa contra la negrura total de la nada.

Estaba echado en el suelo fresco y Pantera era el erizado pelaje gris que se apelotonaba contra mi cuerpo, en busca de protección.

Era el lugar que siempre añoré, el antiguo huerto de los abuelos, en un crepúsculo de primavera. Volví a las sensaciones de mi infancia, las colinas eran montañas y los matorrales de hierba bosques profundos.
Ahora también, hundido entre las raíces de los arbustos, me sentía empequeñecido, en un mundo gigante.

Me puse en pie y las cosas volvieron a sus proporciones justas pero conservaron su cualidad mágica. Los árboles frutales, podados con esmero, estaban cubiertos de botones rosados, a punto de estallar. Apuntaba una luna de un jugoso color naranja.

Empujé la cerca y un deseo incontenible guió mis pasos hacia la casa. Pantera me seguía, deteniéndose de vez en cuando para olfatear en el suelo la pista instantánea del salto de una ardilla o el trazo de huida de un conejo asustado.

La puerta de la casa permanecía entreabierta a la espera de visitantes, y los ancianos aguardaban igual que en mi memoria, sentados junto a la chimenea. La abuela tenía las manos callosas cruzadas sobre el regazo, debía estar rezando. El fuego iluminaba la cara apergaminada y curtida por el sol del abuelo, tenía los ojos cerrados y no volvió siquiera la cabeza al oír mis pasos, tal vez durmiera.

Eran demasiado viejos para asombrarse de nada o tener miedo a los fantasmas. Pantera restregó su cabeza contra las rodillas de la abuela que, sonriendo, se inclinó a acariciarla con la misma tranquilidad que si se tratase de un gato vecino de visita. Luego me miró fijamente:

-No sé si me habré quedado dormida, me suele suceder en cuanto me siento junto a la lumbre y el calor me templa los huesos. No temáis, mi marido no os puede ver, ya hace años que tuvimos la desgracia de que se quedara ciego.

No me dio siquiera tiempo a contestarla y continuó, muy deprisa:

-Eres mucho más alto que mi nieto y eso que es un buen mozo. Sin embargo, te encuentro parecido a él, aunque seas un extraño. No lo comprendo -añadió, sacudiendo la cabeza- Sois tan iguales como un hijo puede ser a su padre.

-Soy tu mismo nieto, sólo que vengo de muy lejos, hacia delante.

-No, eso si que no puede ser -alzó la mano para poner en orden sus cabellos plateados y sus ideas- Thur está en la fiesta.

-Es que yo también soy Thur.

Traté de que mi pensamiento abriese sus mentes a la comprensión.

-¿De más allá de la muerte, acaso? -me interrogó-. No, tampoco es eso. La muerte es un descanso y tú no descansas nunca. Prefería haber guardado esa esperanza para ti. Nosotros al menos confiamos en el reposo eterno.

El antiguo reloj de pesas chirrió y desgranó las horas de la Tierra, con golpes cansados. Sentí que me oprimía el pecho la angustia de su tiempo.

Debíamos marchamos, mi presencia no significaba nada allí, tan sólo añadía inquietud. Inesperadamente, el abuelo, que hasta entonces había escuchado con indiferencia, como si ya hubiese cruzado esa frontera en que se confunden lo cotidiano y lo fantástico, interrumpió el silencio para ordenar:

-Ofrécele un plato de sopa. Ha debido ser un viaje muy largo y vendrá con hambre.

-¿Puedes tomarla ahora que eres tan distinto? -me preguntó la abuela con timidez-. Sabes lo mucho que te gusta.

-Lo intentaré, quiero recordar su sabor.

Se levantó y, con temblorosos movimientos, preparó un mantel a cuadros rojos y blancos y dispuso un cubierto en una pequeña mesa cerca del fuego.

-Te la he conservado al calor, pero hay que dejar también para el otro.

Era delicioso sentir deshacerse en la boca la fragancia de las verduras recién cortadas. Pantera bostezó, con envidia, de una forma ostentosa. Estaba tumbada a mis pies y, a través de los ojos entrecerrados, lanzó una súplica con su mente astuta. La abuela fue hasta la alacena y sacó un trozo de carne cruda, que la fiera tomó con delicadeza de su mano.

-¿Sabéis lo que me gustaría hacer ahora? -interrogué dudoso-. Quisiera verme tal como era.

-Ve con cuidado -me interrumpió el abuelo, con una clarividencia inesperada.– Thur es muy joven y aún es capaz de asustarse. Ignoro cual es ahora tu aspecto, pero no todo el mundo puede resistir la prueba de encontrarse consigo mismo.

-No -protestó la abuela- Su aspecto es demasiado maravilloso, no puede atemorizarle. Tan alto y esbelto, vestido con algo que reluce como el cobre de los candelabros cuando se refleja en ellos la llama de la chimenea.

-Volveré en seguida para despedirme de vosotros, y no temáis nada, me ocultaré a él. ¡Vámonos! -ordené a Pantera, que ronroneaba, satisfecha, mientras se limpiaba el hocico con las patas.

Salimos al campo, ya violeta y plata. Los álamos se columpiaban a la orilla del río, difuminados por la neblina que se alzaba del agua. El césped se hundía bajo los pasos. Verdaderamente, estaba en la única creación hecha a la medida del hombre.

Me llegó un eco de acordeones y violines y el rítmico golpeteo de los tacones sobre la plataforma de madera. Brillaban hileras multicolores de farolillos de papel. La carretera estaba desierta y nos atrevimos a caminar por ella. Paró la música entonces, sustituida por cataratas de carcajadas y aplausos, la noche vibraba de juventud. Confiaban, sin saber que cerca de ellos estaba el fin.

Se hizo un momentáneo silencio y nos detuvimos, alerta. Percibí unos pasos que se aproximaban, alguien venía hacia nosotros, silbando el estribillo de la melodía; una voz de muchacha gritó su nombre, el mío, pero él continuó andando sin hacerla caso.

Pantera se hundió de un salto entre los matorrales, yo fui menos rápido y el muchacho tuvo tiempo de verme, recortado por la luz de la luna. El estupor le paralizó, y la música alegre que había lanzado contra el cielo cayó de su boca, como cortada por una guadaña.

Durante unos instantes nos contemplamos, casi desafiándonos. En mí había nostalgia, en mi antiguo yo un horror fascinado del que le era imposible reaccionar.

Entonces aulló el motor de un coche que avanzaba a toda velocidad, sin esperar obstáculos en la ruta vacía. Intenté arrastrarle antes de que al pasar la curva cayese sobre nosotros, pero me rechazó con la fuerza que da el pánico. Sentí que también su cerebro me rechazaba, hirviente de locura. Su cuerpo rebotó contra la máquina y fue arrastrado por las ruedas. Después el automóvil continuó su camino, sin detenerse.

Quedó tendido a unos pasos de mí. Mi cuerpo, abandonado en medio de un charco oscuro que se hacía más y más ancho, la cara en la que se empezaban a marcar las sombras de la muerte vuelta hacia las estrellas.

Pantera se deslizó furtiva, y el chasquido de una ramita bajo sus patas me volvió a la realidad. Vi como e1 hocico se estremecía al olfatear la sangre, la sujeté con fuerza y sentí bajo mi mano el lomo erizado.

Un insoportable dolor, la angustia de la agonía aullaban dentro de mí. Le arrastré, sintiéndome desfallecer casi, hasta un claro entre los arbustos, cubiertos de gotas de rocío. Necesitaba luz para el trabajo que iba a emprender y concentré sobre ellas los raudales azulados que vertían los distantes astros, hasta que conseguí hacerlos destellar como miles de cirios encendidos.

A lo lejos aulló un perro solitario, para guiar al alma que intentaba romper sus ligaduras. No podía dejarle morir o todo caería en el absurdo y yo sería solamente un espectro, la realidad de mi existencia una burla siniestra y sin sentido, una pesadilla después de la muerte.

Mis dedos se hundieron en la carne desgarrada y con mi voluntad tensa soldé los huesos aplastados, enlacé las venas, empujé la corriente de la sangre hacia el corazón y le marqué el compás de sus latidos. Después, borré los rastros de las cicatrices. No era el cuerpo lo que más me importaba sino el daño que hubiese podido recibir el cerebro. Todo me pareció en orden, la conmoción le ayudaría a olvidar.

Ahora no estoy tan seguro de haber realizado un buen trabajo. Tuve que precipitarme, sin tiempo para comprobar. Alguna silenciosa zona de la materia debió rebelarse entonces para condenarme a esta extrañeza, a escoger siempre la evasión, a preferir el destierro al grupo.

Había ordenado a Pantera que vigilase el camino mientras yo reparaba mi cuerpo destrozado. Estaba inmóvil en la actitud de una antigua esfinge, y sus ojos eran dos tranquilizadoras señales verdes que con su parpadeo me transmitían seguridad. No había peligro de presencia humana por las cercanías.

Me ayudó a transportar la carga inerte hasta la puerta del hogar. Allí quedé, abandonado a mi destino. Después, como un malhechor, sin despedidas, sin dejar un recuerdo siquiera, me lancé desesperado a la búsqueda del pensamiento ordenado, de los símbolos precisos para encontrar la encrucijada por donde huir hacia mi estrella. Durante un instante de angustia interminable no ocurrió nada, allí seguían los manzanos plantados a distancias iguales, medidas por los pasos de algún antepasado. Luego volví a sumergirme en el océano sin fondo.

Y ya estaba allí, bajo la bóveda de música congelada en miles de colores desconocidos en la Tierra.

Supe al instante que esta vez no habría perdón ni posibilidad de redención, eso eran para ellos palabras sin significado con las que me permitieron jugar. Yo no era más que un extraño a la fraternidad del grupo, que siempre había trastornado su difícil equilibrio. Les obligaba a recordar que, durante millones de años, fuimos tan sólo bestias guiadas por el ciego instinto. Al fin tenían conquistada la serenidad con la que contemplaban el paso de los siglos, en paz consigo mismos, sin buscar nada, con todas las metas previstas. Sus mentes podían ordenarlo todo, gobernaban las máquinas, no las toscas maquinarias terrestres sino sencillos puentes tendidos entre la materia y los complicados circuitos de sus cerebros. Pero no podían dominar mi rebeldía.

Eran un grupo armónico y yo el grano de arena que dificultaba el funcionamiento perfecto. Estaban siempre despiertos y habían olvidado el pecado; el castigo también, por lo tanto sólo era una palabra inútil.

-Thur -me ordenó uno en nombre de todos-, debes volver al planeta donde te enseñaron esa técnica que no has aprendido a manejar y te domina. Es un conocimiento innecesario y tendrá que ser borrado de tu mente para que puedas permanecer con nosotros. Solamente esos seres pueden hacerla. No nos interesa poseerla.

Algo dentro de mí se sublevó contra la orden. Pantera, agazapada a mi lado, gruñía sordamente, intuyendo el peligro.

–Y -añadió- destruye esa cosa horrible que te ha divertido crear.

-Pero -protesté- tiene en ella parte de mi vida que la he dado, es algo que me pertenece. Vosotros no podéis ordenar la destrucción. ¿Acaso soy un estorbo porque poseo conocimientos nuevos? Pueden abrirnos nuevos caminos y transformar los deseos en realidades.

-¡Destrúyela! -insistió su pensamiento, carente de emociones- Estás alimentando sueños con peligro para todos.

Pantera saltó igual que una saeta gris, tan inesperada como esos fuegos artificiales que encendimos en nuestra infancia y cruzaron silbando el cielo. Intenté retenerla, pero era tan imposible como sujetar el pensamiento huido. Un instante después, mi compañero yacía en el suelo, con el cuello vuelto en una postura inverosímil, semejante a una estatua de plata que, al ser derribada de su alto pedestal, se hubiese tronchado. Alrededor de su cabeza se iba formando una mancha sombría y espesa, una aureola de muerte. Y yo lo había hecho.

Retrocedimos todos, despavoridos. Pantera nos desafiaba con las poderosas garras clavadas en los hombros del amigo muerto, en defensa de su presa. La llamé para obligarla a cedernos el cuerpo, pero antes de que pudiera evitarlo recibió el impacto de sus mentes unidas para rechazarla. Durante un momento permaneció erguida, desafiándonos con los blancos colmillos, en la actitud de una bestia rampante de fantasía heráldica. Después, sencillamente, se borró. Hacia ese almacén desconocido donde van a parar los sueños humanos rechazados en la vigilia.

Algo que había estado antes en mi cerebro se borró con ella, dejándome una sensación de horror. Todavía me sentía tan próximo al odio, a la sed de sangre. Tal vez contaminado por la lucha que sostuve para salvar a mis compañeros y que aún estaba por venir.
Sentí deseos de esconderme, de buscar una guarida para refugiarme en ella como un animal acosado. Era insoportable. Un resorte ignorado de mi mente saltó, al igual que Pantera, inesperadamente, y caí fulminado.

Desperté ausente de mi cuerpo, que había quedado abandonado en la estrella, junto al del compañero muerto. Recibí una sensación de acogida, de saludo amistoso. Giraba arrastrado entre los nubarrones de densa humareda verde, azotado por el latigazo violeta de los relámpagos, mordido por el eterno viento de tempestad que constituía la esencia de aquel planeta extraño.
Oí su música de bienvenida, llena de alegría, como si celebrase una broma ajena al pensamiento humano. El torbellino de chispas se alzó y, unido a ellos, me sentí volar, atravesando cataratas de radiante púrpura con flotantes alas de oro. Liberado de peso, del dolor, de la distancia, del sufrimiento de vivir.

–¡Qué fácil te ha resultado encontrarnos!
–cantaron unidos a mi giro-. Seguramente estarás contento. Aprovechaste tan bien nuestras enseñanzas, que ya no necesitas de tu cuerpo para tus desplazamientos. Así resulta mucho más fácil y podrás quedarte siempre entre nosotros si lo deseas.

-Os ruego que me liberéis -imploró mi mente-. Estoy dominado por la técnica que enseñasteis. Se adueña de mí cuando menos lo espero.

-Funciona siempre siguiendo la pauta de tus deseos, no según tus conveniencias –fue su enigmática respuesta.

-Pero, ¿por qué lo hicisteis así? -interrogué indignado.
-Dada tu contradictoria condición humana, pensamos que anhelarías lo inesperado y desearías eso que llamáis dolor. Tal vez no nos detuvimos a analizarte detalladamente, es tan difícil captar esas funciones toscas...

-Pero -protesté- por vuestra culpa vuelto a hacer el mal. Y el mal estaba abolido entre nosotros, lo dejamos atrás...

-¿Qué es el mal? -y las chispas vibraron arrastrándome con ellas más y más arriba, en un surtidor irisado, envuelto en una sensación de alegría en la existencia- Ese Mal abandónalo, déjalo olvidado con tu cuerpo. Aquí entre nosotros podrás al fin ser libre.

La tentación era terrible, pero no solucionaba nada a mi alma humana. En realidad, equivalía a una pérdida de la libertad, del derecho a elegir. A la pérdida también de la debilidad de mi carne, incapaz de resistir aquellas atronadoras descargas de energía sin que su belleza destruyese mis sentidos.

-No -insistí- Lo único que deseo es conseguir que mi conciencia pueda dominar la técnica impresa en mi mente.

-¿Y qué es la conciencia? -centelleó esa música que percibía al mismo tiempo como un perfume y a una vez con mil sensaciones que les pertenecían.

Parecían verdaderamente interesados, sin su forma habitual de dirigirse a mí, como a un animal que intenta un juego desconocido y que con su torpeza incita a una burla bondadosa. Trataron de comprenderme y comenzaron a instruirme con paciencia, mientras mi mente giraba en su mismo torbellino, unida a su sonido claro, a sus percepciones a un tiempo misteriosas y razonadas.

Cuando estuve seguro de que no podría ya equivocarme en mi camino, la nostalgia me guió a recuperar mi cuerpo abandonado.
Y volví a sentir el martilleo del corazón, midiendo el tiempo de mi vida. Aparté de mí la fascinante y siniestra extrahumanidad y recuperé la posesión en toda su amplitud de mi yo, de mi antiguo yo terrestre.

Abrí los ojos; había permanecido acostado, en mi hogar de la estrella. A través del espejo, capté que mis compañeros estaban esperando el momento de mi vuelta. Tuve la inmediata sensación de que me escudriñaban, tratando de localizar entre los recovecos de mi cerebro un resto de conocimiento que aún permaneciese grabado y fuese ajeno a ellos. Pero ese conocimiento era ahora tan diáfano, que se alzaba como una barrera impenetrable.

Estaba solo para siempre. Mi singularidad me condenaba a no tener un amigo. Añoraba con ansia verdadera amistad, la que se basa en la hermandad del alma y no vacila ante el sacrificio total.

Entonces recordé. Hubo un hombre, o acaso solo su sombra, que no vaciló en hacer eso por mí; deseaba buscarlo, salir a su encuentro cruzando la corriente y volver a construir entre nosotros ese mundo de conocimiento que nace entre los solitarios y desplazados.

Lentamente, ordené los cálculos. No quería fallar el resultado por una torpeza o un descuido. El conocimiento adquirido funcionaba por sí mismo, sin titubeos ni detenciones para comprobar datos equivocados.

***

En el campamento ardían las hogueras y en torno a ellas los soldados se repartían el botín del saqueo.

El viento precursor del amanecer sacudía los ahorcados, que se balanceaban, colgando de las ramas secas. Pesaba el olor a quemado, graznaban los cuervos, se oían quejas y juramentos en una confusión de lenguas. A lo lejos, relinchos y golpeteo de cascos de caballos que erraban sin dueño, resplandor de incendios.

Contra el cielo sombrío se destacaba la blancura de los muros almenados que guardaban la ciudad, y los dorados minaretes, bajo el plateado creciente, lanzaban destellos de despedida antes de su destrucción.

Flotaban estandartes blancos con rojas cruces en tranquilas ondas. Un tropel de hombres con abigarrados uniformes manchados de fango y sangre sondeaban los charcos con sus lanzas, en busca de cadáveres retenidos en el fondo, entre las raíces. Un rostro lívido subió hacia la superficie y la luz de las estrellas al reflejarse en el agua podrida lo envolvió en una aureola irisada.

Me preguntaron el santo y seña y ellos mismos me dictaron la respuesta con su pensamiento; así pude atravesar las líneas.

Le encontré en su tienda. Velaba, sentado en un tosco lecho construido con cuatro tablas y cubierto de fardos de brocado sucio. A la cabecera, un maravilloso tapiz bordado en el que dos ángeles accionaban la rueda del tiempo, coronada de astros.

Sostenía en su mano un enorme vaso enjoyado como un cáliz, que latía con destellos rojos cuando se alzaba la llama de la antorcha. Estaba solo, tal y como yo esperaba: Sus ojos abstraídos contemplaban la agonía de los tiznones en el brasero.

Llevaba el mismo traje que en el cuadro, de terciopelo verde, con calzas ceñidas y amplias mangas ribeteadas de piel. Pero polvoriento y desgastado hasta mostrar la trama del tejido. Su rostro había enflaquecido y las facciones tenían una expresión de dureza que yo no conocía en él. Se había despojado del peto de acero y a sus pies dormitaba el lebrel negro.

Alzó su mirada azul, atrevida y limpia, cuando oyó mis pasos. Se puso en pie, alerta y sin temor.

-Dios te guarde, Chrestien -le saludé.

-¿Cómo conoces mi nombre, extranjero?

Un toque de clarín desgarró el aire, para anunciar el comienzo de un nuevo día de lucha. Levanté la cortina de la tienda y señalé hacia el primer tinte matinal que vibraba en la bruma.

-Porque, aunque vengo de muy lejos, nos une una hermandad. Nosotros, Chrestien, amamos la luz.

Con una sonrisa de bienvenida, me tendió la copa, llena de vino caliente que olía a especias.

Noviembre, 1967


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