23/4/14

"¿SAPIENS SAPIENS?", de ENCARNA SANT-CELONI I VERGER

Encarna Sant-Celoni i Verger (Tavernes de la Valldigna, Valencia, España, 1959).

¿Sapiens sapiens?, 2007 
©Relato publicado con permiso de la autora.

Un interesante relato de ciencia ficción, en defensa de nuestra maltratada Tierra. La autora acaba de publicar la novela Milonga de Tardor. He aquí el vínculo a su página web.

A todos los seres que habitan La Valldigna, incluidos los humanos.


Soy arqueóloga y vallera∗, y desde el 2027 dirijo la excavación de una cueva de las estribaciones septentrionales del macizo del Montdúver, a 2 km del pueblo. Huí de Tavernes en el 2002, fruto del flujo migratorio hacia la capital a la búsqueda de estudios, y, mira por donde, ahora no dejo de añorar lo que entonces me enjaulaba. 

Subo al barranco todos los días y en el acto me pongo manos a la obra, porque la visión del valle que un día fue digno, verde y feraz –"un lugar delicioso que se descubre de repente", en opinión de Cavanilles– convertido en una masa yerma moteada de campos de golf y piscinas, e inundada de asfalto y hormigón, me hace hervir la sangre. ¡Que nos quiten lo bailado!, dirán algunos. ¡Y tanto!, les respondería: ya no hay incendios provocados porque no queda montaña libre de ladrillo; los ríos y las acequias son vertederos de basura; los labradores han muerto en el olvido y los naranjos, de tristeza, y el agua de la orilla, si es que hay playa, es una mezcla hedionda de inmundicia con reminiscencias de salobre que no atrae a ningún bañista.

Nadie, sin embargo, hizo caso de las señales precursoras. Previamente se secaron los manantiales y los pozos, y después, las fuentes: las Fontetes de Cantus y el Clot de la Font fueron las primeras, seguidas de las de la Granata, el Canut, la Sangonera, la Drova, la Puigmola... Todo empezó hace veinte años, con la instalación de las 47 torres de alta tensión que cruzan el valle y la consiguiente puesta en marcha de un PAI promovido por la 'caja' del muñequito bicéfalo; el golpe de gracia fue la construcción de un parque temático para aprovechar el reclamo cisterciense. 

Recuerdo que siempre que venía mi tía hacía que mi padre la llevase por el camino Marenys para comprobar, en persona, que las flores de las pitas –las guardianas de las dunas, según ella– continuaban velando para que el último reducto de las motas arenosas del litoral de Tavernes siguiese sano y salvo. Se alegraba de pertenecer a un pueblo que, bien por consciencia bien por desidia, había mantenido virgen aquella irregularidad en mitad de la "flemática línea rota que amordaza el mar, cada vez más larga y más quebrada, con más altos que bajos", que decía una escritora de aquí. Afirmaba que todo no estaba perdido, que aún había gente que creía en La Valldigna, sin demagogias... 

Mi tía me explicaba que en los años sesenta la gente veraneaba en barracas de puntales y cañas, y que aún se cultivaba arroz en la Partida, y cañamiel... Poco a poco, las barracas dejaron paso a las casetas de ladrillo y cemento, y éstas, a los edificios de cuatro pisos sin ascensor, y a los bloques de apartamentos, las 
urbanizaciones, los rascacielos y las aterradoras marinas. Y, en cuanto a los marjales, fueron desecados y terraplenados para plantar naranjos. 

También me contaba cosas del abuelo, un sentimental que amaba la tierra con pasión. Una vez jubilado, cogía la bici al clarear y se dedicaba a pasear por el término: de lunes a sábado, a la huerta –el Massalari, el Molló, la Marina, el Ràfol, el Racó o el Cambro; cada día a una partida–, a distraerse escardando, rehaciendo caballones o recogiendo hierbas comestibles para hervirlas con una pizca de sal, y el séptimo día, a la playa, a lanzar el esparavel en las hondonadas costeras para ver si capturaba algún róbalo además de sargos y corvinas, o a buscar caracoles por las dunas, entre los tamariscos, y los lirios de mar. A media mañana hacía los honores al almuerzo que le había preparado su esposa con las sobras de la cena, un buen trozo de pan y una bota de vino, y, con el buche lleno, proseguía la faena hasta la hora de comer; no necesitaba reloj para saber cuándo volver al pueblo: con ojear el sol tenía suficiente. Yo también habría sido feliz así, pero no podré, ni mis hijos ni mis nietos: como unos inconscientes consentidos, en menos de un siglo hemos malogrado el paraíso que recibimos en préstamo, y el valle tardará miles de años en recuperarse. [...]

Margen derecho del barranco del Bolomor, 05.05 de la mañana, hora solar, de un día de verano de un año cualquiera del tercer período interglaciar del Pleistoceno; o sea: hace aproximadamente 130.000 años. Desde la boca de la cavidad, a una altitud de 100 m, la panorámica es formidable; más aún, espectacular: enfrente, las vertientes sur-orientales de la sierra de Les Agulles, con las alta y frondosas montañas de Les Creus en primer plano; justo debajo, el caudaloso río Vaca circundado por el imponente verdor de una olmeda lujuriante, y a la derecha, más allá de las ciénagas, el brillo resplandeciente del mar.

Una robusta figura de extremidades cortas se levanta del corro de cuerpos amontonados en la oscuridad y, con paso vacilante, se acerca a la entrada de la cueva. Es una mujer, aunque su indumentaria impide apreciarlo a simple vista; una mujer alta para su sexo y grande, de unos treinta años. Tiene la piel clara, la frente estrecha e inclinada, los ojos azules y los arcos ciliares pronunciados. No sabe qué la ha despertado –apenas es audible: no llega a ser ruido–, pero sabe que no es bueno.

Otea por todas partes a la defensiva, con los sentidos tensos, en busca del origen del intempestivo ruido y, al mirar hacia la derecha, se detiene en seco por la impresión: sobresaliendo del espeso robledal que ocupa las umbrías del barranco y estorbando la visión de la costa plateada, está la causa de lo que la inquieta; emite una vibración de intensidad constante que se apodera del cerebro de la bolomorenca produciéndole un intenso dolor palpitante que se propaga como un cáncer desde los lóbulos temporales. Únicamente siente la vibración, rompiéndole los oídos, como si una fuerza intangible deslizase una gigantesca tiza a lo largo de una pizarra recién lavada; como si un estilete despuntado le trepanase el cráneo sin anestesia.

Tiene miedo de acercarse, a pesar de que la cosa parece muerta, y por fin, armada con una hacha de mano, echa una ojeada por los alrededores. A la izquierda, un segundo monstruo gigante sin cuerpo –medio árbol esquelético, medio insecto o pájaro–, de miembros delgados del color del mar antes de una tempestad entrelazados como hilos de araña, le impide la vista de las montañas que cierran el idílico valle por el poniente. Desesperada, lo ataca sin vacilar y recibe una descarga eléctrica de voltaje medio que la deja casi aturdida. Una retahíla de imágenes le bombardea sin misericordia los glóbulos oculares y el futuro de La Valldigna pasa por sus ojos a la misma velocidad que dicen que pasa la vida por los nuestros antes de morir: imposible de imaginar. 

Ve hombrecillos con veneno en las venas en lugar de sangre quemando una y otra vez las montañas hasta descarnarlas. Ve enflaquecer el río hasta casi desaparecer, y pájaros ruidosos despedazando el cielo y asustando las estrellas. Ve la costa tapiada por hileras de colmenas de alturas y anchuras varias. Ve como atiborran el valle con innumerables regueros negros recorridos por estruendosos enjambres multicolores. Ve terremotos, heladas, sequías, incendios, guerras, epidemias, inundaciones...

El pavor amortece una mirada antes desafiante y de alguna manera toma conciencia de que está abocada a la extinción; pero lo que la entristece no es que aquellos hombrecillos de frente recta y mandíbula prominente sean los responsables de ello; el impacto que su corazón no puede soportar es sentir, desde el futuro, la queja agónica de la naturaleza. El pesar le surca el rostro y, con un grito estentóreo de pura impotencia y rabia que ensordece el valle, convoca sin querer las fuerzas primigenias y cae tendida a los pies de la torre de alta tensión. Dentro de poco más o menos 130.000 años unos paisanos suyos descubrirán el fósil de su parietal izquierdo y lo considerarán producto de una muerte fortuita, sin saber que la causa del óbito de la neandertal ha sido una fugaz visión de su futuro: el de ellos, no el de ella.

[...] 

Un movimiento brusco y rápido entre bloques roqueños en la cordillera mallorquina del Puig Major provoca una pequeña perturbación que sacude el fondo marino. En la costa del Azahar, entre el cabo de Cullera y el cabo de Sant Antoni, la oscura lontananza avanza, amenazadora, hacia la orilla y el nivel del agua sube siguiéndole el compás. El mar se inflama, hierve durante toda la noche como 'cazuela en horno' –en palabras
de March– y el día siguiente exhibe la perfecta calma chicha que precede la mar gruesa: una balsa de aceite sin ni una pizca de aire que lo alborote bajo la metálica negrura del cielo. De improviso, de la sobrefaz del mar emerge una inmensa pared lisa con todos los colores del verde que empieza a ascender, encrestada, hasta ocupar el horizonte; que recula como un rinoceronte preparándose para embestir, y que se detiene un segundo para iniciar la impetuosa carga enroscándose con un estruendo sobrecogedor que retumba a lo lejos y hace temblar las montañas. La ola, finalmente, se despeña con un fragor ensordecedor y estalla en una vorágine efervescente que lo anega todo. 

Cuando quiere, el mar requiere lo que es suyo y lo obtiene, pese a las redes. 


¡Que la opresora incultura 
muera bajo nuestras manos!∗ 


Platja de Tavernes, 7 de octubre de 2007 


ENCARNA SANT-CELONI I VERGER (Tavernes de la Valldigna, La Safor) 



(Cuento publicado, en catalán, en “El Quadern” de la edición valenciana de El País
el 25 de octubre de 2007, dentro del ciclo "Escriure el País"; traducción de la propia autora)



Gentilicio de Tavernes de la Valldigna, también conocida como La Vall.
∗ Fragmento del Himno a Tavernes, traducido. Paco Valiente y Ladislao Marí (ca. 1926)

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